Reforma de la Ley de Glaciares: crece la polémica por el impacto ambiental y el avance minero
La reforma de la Ley de Glaciares divide aguas en Argentina: críticos sostienen que el cambio normativo implica un retroceso frente a estándares internacionales de protección ambiental y pone en riesgo una de las principales reservas de agua dulce del país.
La reforma de la Ley de Glaciares volvió a instalarse en el centro del debate público con una pregunta de fondo que atraviesa a la política ambiental argentina: ¿se trata de una actualización normativa necesaria o de una puerta abierta al avance de la minería sobre zonas estratégicas para el agua y el ambiente?
Desde el Gobierno nacional aseguran que el proyecto apunta a establecer “reglas claras” que otorguen previsibilidad jurídica a las inversiones, especialmente en provincias cordilleranas con fuerte potencial minero. Sin embargo, expertos en derecho ambiental y organizaciones no gubernamentales advierten que la iniciativa representa un retroceso en materia de protección preventiva, alejando a la Argentina de estándares internacionales consolidados.
Uno de los puntos más cuestionados es el traslado de la incumbencia para definir la llamada “función hídrica” de los glaciares y ambientes periglaciares a las provincias. Para sus críticos, esta decisión fragmenta la protección nacional y abre la puerta a interpretaciones dispares, sujetas a presiones económicas locales, debilitando el carácter federal y estratégico del resguardo del agua.
Organizaciones como la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN) y Greenpeace expresaron su rechazo mediante comunicados públicos y campañas de concientización. “Sin agua, no hay desarrollo posible”, advirtieron, al tiempo que alertaron sobre los impactos ambientales, sociales y productivos que podría generar una flexibilización de los límites a la actividad extractiva en zonas glaciares.
Desde el ambientalismo subrayan que la propuesta contrasta con experiencias regionales e internacionales donde la protección de los glaciares se mantiene como un límite infranqueable frente a la minería, precisamente por su rol clave en la regulación hídrica y el abastecimiento de agua a poblaciones enteras.
En el debate reaparecen frases que condensan el espíritu de la discusión. El exministro de Ciencia y Tecnología Daniel Filmus sostuvo que “se puede vivir sin oro, pero no sin agua”, mientras que referentes políticos como Ricardo Alfonsín han recordado que “los glaciares en la cordillera constituyen la segunda reserva de agua dulce del país”. Ambas sentencias son retomadas hoy por sectores críticos para denunciar lo que consideran un giro regresivo en la política ambiental.
Así, la reforma de la Ley de Glaciares no solo enfrenta dos modelos de desarrollo, sino que vuelve a poner en tensión el equilibrio entre explotación de recursos naturales, soberanía provincial y la obligación del Estado de garantizar el acceso al agua como bien común y estratégico para las generaciones presentes y futuras.

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