domingo 10 de diciembre de 2017 - Edición Nº2023
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Sociedad

Bianca, la chica del peaje que se hizo valer con 1/4 de bizcochitos

Tiene 24 años, es maestra y aplicó la "receta del Jardín de Infantes" en la cabina de una ruta. Se había olvidado la billetera y no la dejaron pasar. Volvió y le dio una lección a todos.


Por:
Redacción NdLA

El día que Bianca Vanni se sintió humillada en una cabina de peaje recordó el libro que esa mañana les había leído a sus alumnos del Jardín. Y cuando llegó a su casa, con los ojos nublados de bronca y lágrimas, se puso a escribir la carta que poco después -para su sorpresa- iba a compartir medio planeta Facebook. Como una marinera solitaria de la literatura, arrancó a teclear con el alma entre los dedos: “Hola Martín, soy la persona a quien no dejaste pasar en el peaje por haberme olvidado la billetera”.

Y mientras enhebraba las palabras, todavía con los nervios en levadura, pensaba en los chicos de su salita amarilla y en aquel cuento que tanto les había gustado. Era la historia de 12 lápices de colores que, molestos por el trato que recibían del dueño de la cartuchera, decidieron escribirle una carta.

El crayón beige estaba cansado de ser el segundón del crayón negro; el azul pedía un poco de descanso porque siempre lo usaban para pintar cielos y mares inmensos; el rosa quería colorear algo más que lindas princesas, y así cada crayón iba contando su enojo.

 

Antes de ponerle el punto final a su carta dirigida al supervisor del peaje de la ruta E-53, en Córdoba, la maestra escribió: “Tal vez no hiciste el Jardín de Infantes; allí trabajamos la capacidad de compartir. Saludos. Bianca”.

A los 24 años, Bianca está casada, tiene un bebé de un año y medio y cree que ya sabe “la mayor parte de lo que hace falta saber para vivir bien y dejar vivir”. Lo sabe, dice, desde que leyó a Robert Fulghum, un norteamericano que en 1988 publicó “Todo lo que realmente necesitaba saber lo aprendí en el Jardín de Infantes”.

Según la teoría de este filósofo, la sabiduría no está en la cima de la montaña de la universidad, sino en el arenero. Compartirlo todo, jugar limpio, pedir perdón cuando se lastima a alguien, dibujar, cantar, bailar y trabajar cada día un poco. Ese es parte de su credo. Y el de Bianca también.

¿Y que tienen que ver los crayones y el arenero con el hombre del peaje? Mucho. O todo.

Bianca viajaba el 22 de agosto desde Córdoba a Salsipuedes, donde vive. En el peaje de la ruta E-53 se dio cuenta de que se había olvidado su billetera y que no tenía los 25 pesos para pagar. La cajera no la dejó pasar y llamó al supervisor. El supervisor tampoco la dejó pasar y llamó a un policía para que “me sacaran como si fuese una delincuente”, se quejó. Tres contra una chica hundida de vergüenza en su butaca.

Atrás, varios autos esperaban que alcen la barrera para que pase la farolera mientras ella se empequeñecía cada vez más dentro de su Renault 12, modelo 79. Desde la ventanilla, ofreció dejar el documento de su hijo como garantía de que volvería más tarde con los 25 pesos. Pero nada. Ni una mueca de simpatía, ni un gesto de sentimientos, escribiría ella después en su descargo.

Ante esa negativa, se revolvió en su asiento y bajó con una tropa de nervios batiéndole entre los intestinos: “Estoy hablando con robots, voy a buscar a un humano”, soltó, y encaró al chofer del auto de atrás, que le prestó la plata para que pudiera seguir viaje. Fue la única puerta que encontró para salir de aquella humillación.

Solidaridad. Empatía. Ponerse en el lugar del otro. Todo esto fomenta el cuento “El día que los crayones renunciaron”, de Drew Daywalt, que inspiró a Bianca a escribir la carta que luego le llevó al supervisor del peaje y más tarde subió a su muro de Facebook, donde fue compartida más de 40 mil veces en menos de 24 horas.

Daywalt, que además de escribir libros infantiles es director de cine de terror, invita en ese cuento a salirse de las normas, a dar la espalda a los convencionalismos y a dejar que la creatividad fluya entre los chicos para que alguna vez el elefante deje de ser gris y se tiña de rosa.

Pero para Bianca, lograr la semana pasada que los empleados de la cabina del peaje que la atendieron sean más humanos que robots era casi tan difícil como cruzarse con un elefante rosa.

Encontrarme con gente tan inhumana como vos, tu empleada y el policía que llamaste para mostrar su burocracia, me ayuda a ser mejor persona, a ponerme en el lugar del otro (...) Soy una simple estudiante, trabajadora y esperanzada de que las personas como vos puedan modificar estas conductas”, escribió la maestra, que además de trabajar en el Jardín todas las mañanas de 7 a 12.30 estudia un profesorado y llega a su casa a las ocho de la noche.

No soy la hija de ningún político, tampoco soy una ventajista de las que se pegan atrás de los autos y cuando se levantan las barreras pasan sin pagar”, agregó en su carta, que dejó al día siguiente en la cabina del peaje junto a un cuarto de criollitos “de la panadería más rica” de Córdoba.

Me salió 22 pesos (casi lo que no quisiste perdonarme por olvidarme la billetera). Y además te dejo 50 pesos adentro de la bolsita para que cuando dos boludos como yo se olviden la billetera puedas contar con esa plata”.

La venganza, dicen, no sirve cuando destruye pero sí cuando repara. A Bianca, su carta la ayudó para “curar la herida” de la humillación y reparar su “ buen nombre”, ese que casi todos conocen en Salsipuedes, un pueblito serrano atravesado por un río de poco caudal que baja de la ladera de la Sierra Chica, a 40 kilómetros de la capital cordobesa.

Lo que nunca imaginó es que por la ventana de su Facebook iba a entrar un vendaval de aire fresco y solidaridad. Recibió miles de felicitaciones y hasta consejos: cuando un automovilista no puede abonar su peaje debe pedir un formulario de pago diferido. Por caso, la empresa Caminos de la Sierras, de la Ruta E-53, expide un promedio de 400 formularios por mes. En el 80% de los casos, según reconoció la misma concesionaria, los automovilistas regresan para abonar la deuda. Bianca jura que ella hubiese sido uno de ellos .

“Son muchos los que me escribieron y se pusieron en mi lugar”, se emociona la maestra, y los ojos ahora le bailan de alegría, como a sus alumnos el día que les contó el cuento de los crayones

 

 

 

 

 

Fuente:Clarin

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